Páginas al viento

Archivo para junio, 2009

El Ocho (Katherine Neville)

El Caballo Negro.

El Caballo Negro.

Aprendí a jugar ajedrez a los 16 años. Si no hubiera llegado una compañera nueva a mi curso es probable que jamás hubiera aprendido este juego de estrategia, pues nadie en mi familia lo jugaba. Por ello, estaré eternamente agradecida a mi amiga Marianela, quien con infinita paciencia me enseñó los movimientos de reyes, reinas, alfiles, caballos, torres y peones, durante muchas tardes pasadas en la biblioteca del colegio. Resulta increíble cómo una sola persona puede influir en varias a través de la enseñanza; ella me enseñó a mí y yo le enseñé a mi hermana y -mucho tiempo después- a mis hermanos más jóvenes, y ahora a mis sobrinos…

Ignoro si el hecho de saber ajedrez influya a la hora de criticar la novela de Katherine Neville, es probable que sí, ya que puedo asegurar que leyéndola se siente todo el placer de observar una partida real de grandes maestros. Y se puede decir al respecto que la obra está plagada de maestros de ajedrez, tanto campeones mundiales e internacionales como el ruso Alexander Solarin, Antony Fiske, Mordecai y Lily Rad, además de llevar implícita cierta crítica hacia el sistema de calificación para obtener todos esos títulos. El personaje de Lily Rad es el encargado de hacernos partícipe -con explicaciones y ácidos comentarios- acerca de todo el tejemaneje del mundo ajedrecístico y de todas sus curiosas anécdotas:

-¿Y quién es Fiske?

-Antony Fiske, un jugador extraordinario -repuso Lily y se arrebujó las pieles-. Es GM británico, pero está inscrito en la Zona Cinco porque vivía en Boston cuando se dedicaba activamente al ajedrez. Me sorprende que haya aceptado porque lleva años sin jugar. En el último torneo en que participó, hizo echar al público. Creía que en la sala había micrófonos ocultos y en el aire vibraciones misteriosas que interferían sus ondas cerebrales. Todos los ajedrecistas están al borde de la locura. Se cuenta que Paul Morphy, el primer campeón estadounidense, murió sentado, totalmente vestido, en una bañera repleta de zapatos de mujer. Aunque la locura es uno de los riesgos principales del ajedrez, yo no acabaré en el manicomio. Sólo le pasa a los hombres.

-¿Por qué?

-Querida, porque el ajedrez es un juego edípico. Lisa y llanamente, consiste en matar al rey y follarse a la dama. A los psicólogos les encanta seguir a los jugadores de ajedrez para comprobar si se lavan las manos con demasiada frecuencia, olisquean zapatillas viejas o se masturban entre una sesión y la siguiente. Y después escriben artículos en la revista de la Asociación Médica Norteamericana.


Pero el personaje principal de la historia es una tocaya de la autora: Catherine Velis. Una experta en informática y quien se ve envuelta en una compleja trama que involucra la búsqueda de un legendario juego -El Ajedrez de Montglane- que perteneció a Carlomagno. El tablero y sus piezas pasaron por muchas manos a través de la historia europea, diversos personajes famosos se hicieron con alguna de las piezas y Neville narra varios de esos episodios ocurridos entre 1790 y 1970. Es así que por las páginas de El Ocho se mencionan nombres como Catalina la Grande, Talleyrand, Voltaire, Robespierre, Napoleón, Euler, Bach, Philidor, Rousseau, Newton, Franklin, y muchos más. ¿Por qué todos buscan poseer este ajedrez? La respuesta es que la leyenda dice que al reunirse todas las piezas se podrá descifrar una antigua y poderosa fórmula alquímica capaz de dar a quien la posea un inmenso poder.

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En El Ocho, los personajes principales adquieren categoría de piezas en el inmemorial enfrentamiento entre el equipo blanco y el equipo negro. Aunque en este caso, los que visten ropaje negro son los “buenos”, ya que la tradicional simbología del “blanco-bueno, negro-malo” no se aplica al ajedrez. Las piezas blancas siempre abren el juego, ellas son las que atacan -son las “agresoras”, por así decirlo-, mientras que las piezas negras quedan reducidas a defenderse y eventualmente a contraatacar. Esta es, sin duda, una de las particularidades del ajedrez.

Otra de sus curiosidades es que en el juego sólo existen dos piezas solitarias por equipo. Hay ocho peones y tres parejas gemelas, pero sólo un Rey y una Reina. Un Rey cuya pérdida implica el final de la partida: Shah Mat (Jaque Mate en su original persa), aunque no representa el final del juego en la vida real (y en la novela), ya que como reza la frase “el rey ha muerto, viva el rey”, siempre se podrá dar inicio a una nueva partida. Es perder una batalla pero no la guerra. La Reina, en cambio, puede ser sacrificada, pero muchos jugadores preferirían perder cualquier otra pieza antes que ésta, que es considerada la más poderosa del tablero.

El ajedrez nos presenta una lección ejemplar sobre cómo una persona común (un peón) si se esfuerza en seguir adelante por un camino trazado puede llegar a ser más de lo que era en un principio. Un peón que llega a la octava casilla, en pleno campo enemigo, puede convertirse en lo que el jugador quiera. Por lo general, se convierte en Reina; es así que puede llegar a darse el caso que en un mismo bando existan dos Reinas al mismo tiempo. Un hecho insólito, pero muy posible.

Como dije, la muerte del Rey acaba la partida, pero si la Reina se pierde… ella puede, en cierto sentido, “volver de la muerte”. Ese es el gran misterio que reside tras el poder de El Ocho y del vasto camino que emprende Catherine Velis en su búsqueda hasta llegar a la Isla Blanca, dominio del Rey Blanco.

Pero el personaje principal de la historia es una tocaya de la autora: Catherine Velis. Una experta en informática y quien se ve envuelta en una compleja trama que involucra la búsqueda de un legendario juego -El Ajedrez de Montglane- que perteneció a Carlomagno. El tablero y sus piezas pasaron por muchas manos a través de la historia europea, diversos personajes famosos se hicieron con alguna de las piezas y Neville narra varios de esos episodios ocurridos entre 1790 y 1970. Es así que por las páginas de El Ocho se mencionan nombres como Catalina la Grande, Talleyrand, Voltaire, Robespierre, Napoleón, Euler, Bach, Philidor, Rousseau, Newton, Franklin, y muchos más. ¿Por qué todos buscan poseer este ajedrez? La respuesta es que la leyenda dice que al reunirse todas las piezas se podrá descifrar una antigua y poderosa fórmula alquímica capaz de dar a quien la posea un inmenso poder.
En El Ocho, los personajes principales adquieren categoría de piezas en el inmemorial enfrentamiento entre el equipo blanco y el equipo negro. Aunque en este caso, los que visten ropaje negro son los “buenos”, ya que la tradicional simbología del “blanco-bueno, negro-malo” no se aplica al ajedrez. Las piezas blancas siempre abren el juego, ellas son las que atacan -son las “agresoras” por así decirlo-, mientras que las piezas negras quedan reducidas a defenderse y eventualmente a contraatacar. Esta es, sin duda, una de las particularidades del ajedrez.
Otra de sus curiosidades es que en el juego sólo existen dos piezas solitarias. Hay ocho peones y tres parejas gemelas, pero sólo un Rey y una Reina. Un Rey cuya pérdida implica el final de la partida: Shah Mat (Jaque Mate), aunque no representa el final del juego en la vida real (y en la novela), ya que cómo reza la frase “el rey ha muerto, viva el rey”, siempre se podrá dar inicio a una nueva partida. Es perder una batalla pero no la guerra. La Reina, en cambio, puede ser sacrificada, pero muchos jugadores preferirían perder cualquier otra pieza antes que ésta, que es considerada la más poderosa del tablero.
El ajedrez nos presenta una lección ejemplar sobre cómo una persona común (un peón) si se esfuerza en seguir adelante por un camino trazado puede a llegar a ser más de lo que era en un principio. Un peón que llega a la octava casilla, en pleno campo enemigo, puede convertirse en lo que el jugador quiera. Por lo general, se convierte en Reina; es así que puede llegar a darse el caso que en un mismo bando existan dos Reinas al mismo tiempo. Un hecho insólito, pero muy posible.
Como dije, la muerte del Rey acaba la partida, pero si la Reina se pierde… ella puede, en cierto sentido, “volver de la muerte”. Ese es el gran misterio que reside tras el poder de EL OCHO y del vasto camino que emprende Catherine Velis en su búsqueda hasta llegar a la Isla Blanca, el territorio del Rey Blanco.

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